Acaso Quijote o Cristo
tan flaco como un grisÃn.
Pobre Mefisto y mendigo
disfrazado de ChaplÃn.
En el semáforo siempre
con su sombrero bombÃn
y el bigotito pintado
con un marcador y el dolor del esplÃn.
Por una moneda, un suspiro
y por un suspiro, acaso el Edén.
No volvieron a verlo en la esquina
ni jamás preguntaron por él.
Lo tragó la ciudad y el olvido
la ciega razón que no puede entender
cómo es que se vuelve payaso
cualquier hombre que quiere comer.
Este arlequÃn solitario
este precario ChaplÃn
murió ignorando que a nadie
hizo llorar ni reÃr.
Se lo llevó una mañana
la prisa de un autobús,
pegado en el parabrisas
con una sonrisa y los brazos en cruz.